Estoy verde

Por Sebastián Billone – No se puede entender el partido que pierde el Matador.

Hizo todo para lograr la tercera victoria consecutiva, para seguir con esta racha, para alejarse de todos los que pelean abajo en los promedios.

Y rojo de bronca, por las oportunidades perdidas, por no definirlo antes, por las salvadas de Orión. En frente un rival que se vio ahogado, que no podía hilvanar una jugada. Más allá de algunas chances en el primer tiempo, Boca no podía salir de esa presión agobiante que hizo Tigre en toda la cancha.

Lo tuvo una y otra vez el Matador, con un manual de cómo abrir la cancha, de cómo deben pasar los laterales, como desmarcarse, como tocar e ir a buscar la descarga. Todo perfecto, menos el tiro del final.

El 10 de Boca, ese que es de nuestros pagos, que llevó muchas veces a la gloria al equipo rival, era sólo un profesor retando a un grupo de chicos adentro de la cancha. No podía resolver ese partido tan difícil que le propuso el Matador. La perdía él, la perdían sus compañeros y siempre salían 5 o 6 jugadores de Tigre lanzados al ataque.

Las modificaciones de Alegre quiero creer que se trataron de jugadores extenuados por todo lo dicho anteriormente, ya que no parecía que fuera necesario un cambio, ni de esquema, ni de nombres.

Pero llegó la jugada que cambiaría todo: un choque de cabezas entre Araujo y Forlín, el delantero que se llevó la peor parte y debió salir. Y acá me detengo en algo importante: cuando un defensor sale momentáneamente lesionado, siempre un volante baja a cubrir su puesto. Y Tigre debía marcar la salida de Insúa, que había dejado libre el ex Boca y la única que había podido usar el equipo visitante en todo el partido, pero no fue así.

Bordacahar, recién ingresado, se quedó con los centrales, el lateral salió tranquilo mientras Araujo gritaba desesperado desde afuera. El mediocampo se desarmó y solito por el medio apareció Riquelme, para sacar un remate de otro partido, de otro momento del 10, y para dejarnos sin nada. Rojo de bronca, y verde muy verde en el final.

Por lo menos así lo siento yo.

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