Los colores de los sueños: A Marcelo Cejas


Por Claudio Javier González

Hay momentos en la vida que llevan a lugares impensados. Situaciones límites, en las que vuelven a la mente recuerdos que parecían olvidados.

– ¿Los sueños tienen colores? –le pregunté cuando niño a mi abuelo.

El Gallego siempre tenía respuestas para todo.

– ¡Que si los sueños tienen colores! –expresó sonriente y después de pensar un instante me respondió- Claro que sí. Son de los colores con los que los sueñes.

Los de mi abuela eran blancos. Ella decía no recordar sus sueños y lo expresaba de esa manera. –Anoche soñé en blanco –contaba y a mí me llamaba mucho la atención. ¿Sueños en blanco? Me resultaba muy difícil de comprender.
En los míos siempre predominaban el azul y el rojo. El universo entero tenía esos colores, para mí. Incluso las sensaciones. Siempre me imaginé que la calma era azul y la euforia roja. Y fue aquella tarde del 25 de junio de 2007, cuando todo se tiñó con los colores de mis sueños. La caravana ferviente se adueñaba de la General Paz, con las banderas que colgaban de los autos. Era como si el fuego de la pasión surcara el frío del invierno. El entusiasmo, la emoción, la ira. El llanto y la sangre. El cielo. Y el infierno.

Un auto cualquiera, de un amigo de toda la vida, al que acababa de conocer, estuvo a punto de arrollarme. Ironías del destino. Casi me mata y quizás me salvó de la muerte. En mi desesperación me atravesé en su camino. Frenó de golpe.

– ¿A dónde vas? –me gritó, exasperado, el flaco que manejaba, mientras asomaba su cabeza por la ventanilla.

– ¡Al mismo lugar que vos, salame! –le respondí con tono desafiante.

La situación era tensa, en los alrededores del Estadio República de Mataderos. Tigre acaba de arrebatarle a Chicago su plaza en Primera División. Se respiraba odio, irracionalidad.

Lejos de contestar a mi agresión, el tipo me miró de manera comprensiva y me preguntó:

-¿Con quién viniste?

-Con un par de pibes. Los perdí en el quilombo. Vinimos en una camioneta, pero yo me bajé antes de que la estacionen y no sé dónde la dejaron, ni tengo forma de comunicarme con ellos. –le expliqué.

-Vení, subí. –me dijo.

Me metí en el auto, mientras apretaba fuerte, con mi mano derecha, una pequeña cruz de alpaca, que había encontrado esa mañana. El escenario era desgarrador. La impotencia se reflejaba en el rostro de los hombres que intentaban proteger a los suyos.

– ¡Sacame de acá, papá! –suplicaba aterrado un chico, de escasos diez años, con su rostro ensangrentado, mientras que su padre lo abrazaba y le cubría la cabeza con una campera de nylon.

Llovían piedras, se oían disparos. Algunos corrían a la deriva, sin rumbo cierto. Se chocaban entre sí. Mujeres y niños gritaban, lloraban, imploraban. El ruego de los débiles. El llanto de la inocencia mutilada.

Dentro del coche, los celulares no paraban de sonar.

-Estoy bien vieja, estamos saliendo. –tranquilizaba a su madre uno de los pibes.

– ¡No pasó nada, gorda! –enfatizaba otro para calmar a su esposa.

Un tercero permanecía acurrucado, con la frente sobre sus rodillas y ambas manos entrelazadas, por detrás de la nuca. Se mantuvo así por varios minutos, sin emitir palabras. Hasta que rompió el silencio y levantando lentamente la cabeza murmuró con voz temblorosa:

– Hay uno que estaba de última. Me parece que palmó.

Seguramente, jamás podrá olvidar esa imagen. El cuerpo de Marcelo Cejas desvanecido sobre la calle. Su agonía.

Todas las radios hablaban de lo que estaba ocurriendo. De la barbarie, la locura, la bestialidad. De la violencia generada por un espectáculo deportivo. Salimos por la General Paz, entre cascotes y fierros que volaban desde todos lados. Nos alejamos. Hicimos algunos kilómetros y el conductor se detuvo abruptamente en la banquina. Se bajó, miró hacia el cielo y respiró en forma profunda. Sus ojos estaban a punto de estallar. Me bajé, me le acerqué, puse mi mano izquierda sobre su hombro derecho y le dije amigablemente:

– Tranquilo, flaco. Ya pasó todo.

Me miró, sonrió, me abrazó fuerte y soltó un alarido que casi me rompe los tímpanos:

-¡Estamos, en Primera!

Fue en ese momento cuando reaccioné y vi que decenas de vehículos comenzaban a detenerse en el mismo lugar, con camisetas, banderas y gorros. Y la realidad, una vez más, que se viste con los colores de mis sueños. Con el azul cristalino de la lágrima, y el rojo de las gargantas eufóricas, que se irritan con el grito contenido. Ese rugido que emerge desde lo más profundo de las almas, para reventar contra todos esos paladares tigrenses y esparcirse en el viento, hasta retumbar en los oídos del país entero. O del mundo entero. Para que lo escuche todo el universo ¡Tigre es de Primera! ¡De Primera, carajo!, se exclamaba con entusiasmo.

Y la fiesta continuaría hasta tarde, en el estadio de Victoria, con decenas de miles de hinchas, que disfrutaba de esa dulce sensación, para muchos inédita. La locura, el grito, el desahogo. La calma.

Llegué a mi casa a altas horas de la noche. Tenía la sensación de que la cabeza me iba a explotar. Me dejé caer sobre mi cama y allí permanecí durante largo rato, con la mirada fija en el techo, sin poder dormir. En mi mente daban vuelta miles de imágenes. Vi mi rostro envejecido y la inocencia en los ojos de un niño que me preguntaba:
-¿Abuelo, los sueños tienen colores?
Yo lo miraba con una sonrisa y sin dudarlo un instante le respondía con absoluta convicción:
-Claro que sí. Son de los colores con que los sueñes. Seguramente, serán como los de muchas personas, pero distintos a los de tantas otras. Tal vez tus sueños tengan los colores de los míos. O quizás no. Nunca dejes de soñar. Jamás pierdas la pasión. Pero siempre en forma sana y sin olvidarte que por sobre todas las cosas está el respeto. Por los sueños de los demás, por los valores y principalmente, por la vida.

Claudio Javier González